“SIEMPRE ES COMO EL PRIMERO”
Anoche, cena en compañía de buenos amigos, un par de cervezas
y para la una y media, al hotel.
Las ocho y media y el despertador puntual, me dice que hay que
ponerse en pie. Levanto la persiana de la habitación y a través de los cristales
de la ventana, entran los rayos del sol de septiembre. Parece que la mañana va a
ser buena.
Noto un leve cosquilleo en el estómago.
Bueno, hay que moverse. Una ducha rápida y bien afeitado. No he
dormido muy bien, así que la ducha me ha sentado fenomenal.
Anoche dejé la ropa preparada en una silla, ahora no tengo que
rebuscar nada. Solamente cogerla y ponérmela.
Ato con fuerza los cordones de las zapatillas y miro la hora. Las
agujas de este maldito reloj se mueven despacio.
Otra vez ese desagradable cosquilleo.
Doy un portazo y cierro con llave. A través del largo pasillo,
llego hasta las escaleras, después de bajarlas y atravesar el hall, donde un
pequeño mostrador hace las funciones de recepción, llego a la cafetería, con
ánimo y si, ese desagradable cosquilleo no lo impide, de desayunar. Doy los
buenos días al camarero y pido un café con leche. “Tiene buena pinta ese
croissant”, voy a pedir uno, a ver si soy capaz de comérmelo.
Sentado en la mesa que hay debajo de la ventana, en el rincón del
fondo de la cafetería, revuelvo con la cucharilla el azúcar del café. El
tintineo de la cucharilla contra la taza se escucha perfectamente. Todavía no
hay nadie que turbe el incómodo silencio.
Han pasado ya diez minutos (parecen cien) y el croissant apenas
lo he tocado.
El silencio se rompe. Una pareja con sus dos hijos entran,
supongo que con idea de desayunar también.
Pienso en lo irritante que me resulta todo, me levanto, me voy.
Ya sé, son niños, pero mi cabeza no está precisamente para
chuflas.
El sol que entraba antes en la habitación, me ha engañado. La
mañana es fresquita, pero tiene pinta de que conforme el sol vaya afianzándose
en lo alto, la temperatura se volverá más agradable.
Con las manos en los bolsillos comienzo a caminar a paso lento.
Doy un rodeo entre callejas, procurando buscar la tranquilidad y la quietud, en
un intento inútil de abstraerme de todo.
Y este estómago no para de tocar las narices.
Poco a poco voy adentrándome en el bullicio, el ir y venir de la
gente me distrae. Algún que otro madrugador, algún que otro trasnochador...
coches, música en los bares... en fin, resulta difícil desconectar de la fiesta.
Sin apenas darme cuenta, me encuentro con los demás. Había
quedado al otro lado del puente. Nos saludamos como de costumbre y con buen
ánimo... hacía la Nogalera.
Dentro todo está listo y preparado. Cada cosa en su sitio. Las
últimas instrucciones, los últimos detalles... el primer encierro de estas
fiestas. ¡Qué emoción!
El recuerdo trágico nos encoge el estómago más si cabe aún, pero
en lo profundo del pensar, el deseo más sincero de que todo vaya bien y que la
carrera de hoy sea, una buena manera de empezar un buen día.
En el reloj, las once y media. Salgo de La Nogalera y camino por
la manga pensativo, observándolo todo. Voy buscando mi sitio, el de siempre. Las
bandas con su estruendo y los balcones engalanados para la ocasión, se
encuentran abarrotados. En las talanqueras, no queda un centímetro que no esté
ocupado. Nadie quiere perderse ni un solo detalle.
Los nervios, el sentir y la angustia son palpables en los
corazones de todos esta mañana. Un antes y un después.
Cruzo el puente con parsimonia. Procuro que no se me note, pero
conforme se acerca la hora... nervios, inquietud, miedo y el estómago... ¡uf!
Veo a los chicos de Pamplona. También están los de Deba... y los
de siempre.
Ya estoy en el sitio de costumbre.
La primera bomba me pilla de sopetón y casi se me sale el corazón
del pecho. ¡¡Vaya susto me he llevado!! Esto está casi en marcha, apenas unos
minutos... y todo habrá acabado. Esperemos que bien. Ya no hay marcha atrás.
Estalla la segunda bomba. Ya la esperaba, así que no me ha
sobresaltado esta vez. En este momento y como siempre, pienso, en qué hago yo
aquí y que algún día tendré que dejarlo.
Estos últimos minutos son insoportablemente angustiosos.
Jugueteo con la vara de avellano en el suelo y dibujo en él sin
ton ni son. Procuro templar los nervios, enredando con ella y una colilla de
tabaco rubio que alguien ha tirado sin apagar...
La tercera bomba estremece el ambiente. Todo el mundo sabe que La
Nogalera se ha abierto y que durante unos minutos la tragicomedia en negro zaino
se paseará y adueñará de las calles de Ampuero. ¡Y los mozos osados, jugarán con
ella!!
Aquí, en mi puesto frente a La Pinta, espero impaciente.
Músculos tensos, miedo a flor de piel... tremendo.
¿Bajarán bien los toros? ¿Vendrá alguno suelto dando guerra? ¿Los
de Macua estarán haciendo bien su trabajo?
Aparecen los primeros mozos, bastante alejados de todo, en un
quiero y no puedo, y se retiran a las talanqueras enseguida.
Las carreras ganan en velocidad. Los chavales miran ya hacía
atrás. Ahí están los últimos corredores, y entre ellos, los toros. Los últimos
(apenas una docena) intentan apurar los metros... y se hacen a un lado.
¡Toros y cabestros corren ya solos!
Aquí, en el final del recorrido, recojo la manada. Los bravos
sorprendidos y confusos frente al portalón que cierra la calle. Sudorosos,
temblorosos, desconcertados y embravecidos al mismo tiempo.
Los de Macua, recordando de otras carreras, paran y se toman un
breve respiro.
¡¡Toro, toro!! Golpeo el suelo con mi vara y grito como un
poseído. ¡¡Toro, toro!!
Entre dubitativos y desafiantes, y con los cabestros por
comparsa, dan la vuelta y comienzan el regreso.
Salto de mi refugio y tomando posición detrás de la manada y vara
en la mano, procuro que toros y cabestros exploten calle arriba a velocidad
endiablada.
¡¡Toro, toro!!
Cuatro varazos en los lomos de algún cornúpeta despistado y a
toda marcha.
Los primeros corredores, aquellos que fueron los últimos, toman
ya contacto. La torada, lanzada a toda velocidad. De momento, todo bien. Poco a
poco, van sacándome metro a metro, dejándome atrás. Ya no puedo seguir. Me falta
el aire. Desde atrás, contemplo las carreras largas y templadas. Cuidado, tras
la curva, un toro se ha abierto a la izquierda, busca guerra. Sustos, caídas...
¡uf! Solo ha sido eso. A lo lejos, los veo desaparecer ya por el puente.
Yo continuo andando intentando recuperar el resuello.
El cosquilleo del estómago ha desaparecido.
Parece que todo ha ido bien. Ha sido una buena carrera. Desde
ventanas, balcones y talanqueras, todo el mundo ha roto en aplausos, así que
también habrán pensado que ha sido un buen encierro.
Todo ha terminado.
En La Nogalera... estamos todos. ¿Todo ha ido bien? ¿Todo en
orden? Acaban las vacas. Ahora un rato libre.
- ¡Qué, chavales! ¿Echamos un bocado?
© Copyright Carlos Rasines Osa 2006
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