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La Curva

por

Alberto Rodríguez Hortal


 

El pavimento aún brillaba bajo el relente de la fría mañana de otoño. Ovidio se ajustó los cordones de sus deportivas. Con el frío mecanismo que llevaba usando años, lustros, decenios. Con el mismo ceremonial parsimonioso al despuntar el sol por el horizonte. Apoyado en la talanquera, primero un pie, luego otro. Después, sus desvencijadas muñequeras de cuero. La mano diestra primero, después la otra. Ahora convenía estirar sus agostados músculos. Más que nunca. Y es que la edad, con sesenta y ocho primaveras a la espalda, ya no perdonaba. El reúma pinchaba cruel, anunciándole a gritos que ya no estaba para madrugarse de buena mañana de pueblo en pueblo, como los almendreros, en palabras de su abuela. Aquel era un pueblo como tantos otros, como tantas otras veces. Había hablado con pastores y mayorales, interesándose por sus adversarios de esta mañana. Le habían dicho que eran buenos mozos, que traían leña de la buena y que, aunque terciados, eran proporcionados, musculados, poderosos. En pocos minutos las autoridades despejarían el recorrido. De curiosos, de borrachos, de niñatos. Pero aún quedaban los aprendices de héroe. Y serían unos pocos, escasos individuos los que sabrían manejarse de largo en situaciones como las que iban a vivir. A algunos los reconocía y conocía. Iban de pueblo en pueblo como él. Incluso algunos se ganaban unas perras en concursos de recortadores. Otros, a pesar de no pertenecer al mundillo, se identificaban por su mirada, sus nervios, su periódico más allá del aditamento consabido, tópico, sus estiramientos, sus pruebas de flexibilidad.

Pronto, muy pronto, al estampido de la pólvora, un trasiego de velocidad y muerte recorrería las calles del casco viejo de la localidad. Una liturgia antigua y anacrónica, bella y perversa, sutil y fugaz. Una estrecha riada desbocada de personas y astados, feroz y caudalosa, que amenazaba con arrasarlo todo. Nadie que no haya escuchado a pocos centímetros de su espalda la respiración agitada y hedionda, plagada de olores a estiércol y campo de los bravos persiguiéndote,  amenazando con sus pitones a todo lo que pasa a toda velocidad a su alcance, sabe de lo que hablo. Nadie que además de verlo, lo haya vivido. La furia desatada de la manada, en busca de una libertad que en rara ocasión encontrarán. La rabia en sus galopes, en su nada escondida demostración de poder. El repiqueteo de los cencerros y esquilas, el sonido macizo de las pezuñas y los kilos de músculo chocando firmes contra el pavimento. Y el ulular de la muerte. Tan presente como los derrotes, los topetazos a destiempo, el arrollador paso de la manada. Sí, la muerte estaba allí todas las mañanas, más puntual y terca que Ovidio incluso. A veces se la escuchaba en aquel concierto animal, silenciosa, certera, cierta. Un mal cruce de otro corredor. Una mala medida de las capacidades de los novillos, de los toros. Una mirada atrás a destiempo, que hace inapreciable un mal obstáculo en la carrera. Un idiota que cita a toro pasado y que lo hace invertir el sentido de su galope, lo aísla, lo enfurece, lo aterroriza. En todas esas ocasiones y en algunas más silba la muerte su melodía de añagazas, de torticeras ilusiones, de desgracia infinita. Y los pitones, las pezuñas, los testuces, simplemente la ejecutan.

Ovidio trató de alejar aquellos negros augurios de su mente. Tocó tres veces la madera del vallado, como hacía todos los encierros. Se santiguó también tres veces, siguiendo su costumbre, manía o superstición, llámesele como quiera. Y escuchó el primer cohete. Se deseó suerte con los compañeros. Empezó su rutina de saltitos alternativos sobre una pierna y otra, calentando, preparando su corta (por mor de la edad) y calculada carrera. Recibir a la manada en el punto en el que se encontraba, pasado ya el repecho que ahogaría un poco los pulmones de la manada. Afrontar la curva cerradísima que conducía a la larga recta de la calle principal y buscar el primer escape que ofrecían las talanqueras. No tenía ni piernas ni aliento para afrontar la larga recta y en ella los edificios no dejaban más escape que la huída hacia delante. Porque como le decía a su mujer, una cosa era el gusanillo de los encierros y otra bien distinta, comportarse como un inconsciente de quince años.

Sonó el segundo cohete. Los nervios, la tensión, hacían que los saltitos se convirtieran en saltos, ora levantando todo lo posible las rodillas, ora estirando el gaznate, como si ese gesto posibilitase vislumbrar la manada, lejana, encerrada aún en las corraletas. Se agitan las cinturas, se golpean las palmas de las manos con los periódicos. Se escuchan los últimos rezos, se observan los últimos besos a las medallas de santos y vírgenes. Se huele el miedo. Sí, miedo. Pavor. Es difícil no sentirlo cuando darán suelta a la muerte en escasos instantes. Sería insensato no sufrir los hormigueos del miedo en la piel cuando uno se enfrenta voluntariamente a la marabunta. Rugen en el estómago tenazas invisibles. El cerebro telegrafía una y otra vez el mismo mensaje: ¿Qué demonios haces aquí? El estropajo de la boca amenaza con extenderse y secar hasta tu última voluntad de correr. Y sólo una estéril y débil llamita en tu interior te recuerda la recompensa, el reto. Como cuando un montañero mira de frente a una cumbre asesina. Como el buceador toma aliento antes de bajar lo más profundo posible. Sí, la muerte también espera risueña en todas esas ocasiones el error del hombre. Y sólo la superación de los propios límites es la magra recompensa obtenida. O no tan escasa. Ovidio era adicto a esa sensación de auto superación hace muchos años, muchos lustros, muchas décadas. Auto superación embebida de celebración pagana, de rito mágico, esotérico, anacrónico, dolorosamente bella en definitiva.

Y sonó el tercer cohete. Ovidio espero con ansia impura, casi lujuriosa, la llegada del gentío que anunciaba el cortejo de negros y poderosos cornúpetas. Pronto, muy pronto empezó el goteo incesante de corredores. La calma era ahora su baza. Cerca de las talanqueras, para dejar pasar a los corredores. El goteo pronto se convirtió en lluvia y la lluvia en tormenta. En diluvio en el cual había que saber nadar. Pero Ovidio sabía muy bien cual era el momento. El momento en que la marabunta se abriría como las aguas del Mar Rojo, levantara el telón y mostrara la cara seria y bien armada de sus adversarios. Así que esperó con elegante y estudiada calma a que eso sucediese. Y cuando los divisó, desafiantes, hermosos, mecidos por el huracán de su furia, dio varios pasos a su encuentro. Medidos, elegantes, estudiados. Y justo a la distancia que el rito requiere, cambió el apoyo de su pierna y corrió sin pausa hacia delante. Con el jadeo de los bravos en sus riñones. Sintiendo en los poros de la piel de su espalda la suave y asesina brisa proveniente del abaniqueo de sus pitones. Filtrándose poderosa entre sus ropas. Las miradas atrás justas, precisas para medir la distancia que separaba la línea borrosa entre la vida y la muerte. La mirada que descubre hasta el último pelo cárdeno del testuz del bicho. El plomo derretido que se infiltra en sus pulmones. Y la curva. La cerrada curva a derechas. Sabe que debe pegarse a su diestra, que la fuerza centrífuga alejará a las moles de quinientos quilos a su exterior, mientras su ligero cuerpo girará sencillo, grácil, pegado a la pared interior. Ovidio lo sabe. Pero todos los corredores experimentados lo saben. Y todos quieren su sitio, su parcela de espacio vital. Y muchos son más jóvenes, más lozanos, más frescos. Y a muchos de ellos los siguen por pura inercia e imitación la patulea. Entonces el hueco exacto desaparece o aparece por pura habilidad del corredor, por pura suerte, por pura lucha. Nadie parece respetar las canas de Ovidio. Manotean, meten los codos sin pudor, violan el sagrado código de ayuda entre corredores. Ovidio se ve obligado a abrir su trayectoria. A medir con la mirada atrás cómo y cuando hacer una corrección que exige ser realizada en décimas de segundo. En un breve instante ve al morlaco cárdeno perder las manos, expelido por su velocidad, su masa, hacia las tablas color azogue que tapizan el exterior de la curva. Pero acorta el viaje, ocupando su sitio, un berrendo amanchorrado que toma la cabeza de la manada. Ovidio ha encontrado su sitio, con el berrendo justo detrás suya. Unos muchachos tropiezan a su diestra, justo en la trayectoria que pensaba seguir para tomar el escape salvador. A su siniestra, los pocos metros de vallado que permitirían gatear lejos del berrendo y sus aviesas intenciones, aparece abarrotado como gran almacén en rebajas. Decide tratar de esquivar a los torpes, lanzarse en plancha si es necesario en busca del escape. Porque la larga recta no es una opción para su aliento agonizante. Zigzaguea con habilidad, y a pesar de que el berrendo comienza a humillar haciendo hilo por él, ve los brazos amigos que arrodillados le indican presto su billete a la vida.

La muerte es siempre caprichosa. Juega con cartas marcadas, sucias, tramposas. Uno de los torpes se levanta, trata de erguirse. Algo que los corredores expertos saben que jamás se debe hacer. Algo que se pone incluso en los folletos para turistas. Pero el reflejo del miedo puede a algunos. En su tarea por levantarse, el torpe tira a Ovidio. Ambos caen. Pero el que queda a merced de las astas es Ovidio. Boca arriba, como un escarabajo indefenso, ve la llegada del berrendo, ve hasta el último detalle de los acapachados pitones. Ve el blanco de unos bellísimos ojos que sólo muestran en ese momento rabia asesina.

Sí, la muerte mueve tramposa sus peones. Pero también la vida posee los suyos. En el campo de visión de Ovidio, que sólo muestra desolación absoluta, aparece como por ensalmo la primera plana preñada de noticias de un diario. El berrendo humilla en su dirección y con mano baja y veloz carrera, el dueño del periódico lo cruza al otro lado de la calle, escapando mediante atlético salto entre la multitud que se agolpa en el vallado. El periódico, mientras tanto, vuela en dirección al centro de la calle, finiquitando un quite salvador, destrozado por la embestida feroz. La manada engulle al berrendo y sigue su veloz carrera hacia la plaza.

Es tiempo de alzarse. Cuando termina la batalla y el polvo se disipa, se reconoce a los héroes porque aun siguen en pie. Ovidio tranquiliza a los servicios de emergencia. Apenas un rasponazo, una quemadura leve adornará su codo durante unas semanas.  Mira de soslayo al torpe. El chaval baja la mirada, sabedor de su error. Y Ovidio busca al dueño del periódico. Lo encuentra casi adolescente, jovial, lozano al otro lado de la calle, respirando agitadamente.

-         Gracias.

-         No hay por que darlas, Ovidio.

En otras circunstancias, Ovidio habría dado media vuelta. Entre corredores, no hace falta decirse más. Pero el muchacho lo ha reconocido, a pesar de que no parece más viejo que el menor de sus hijos.

-         ¿Me conoces?

-         Mi padre te conoció. Y si yo estoy aquí es por un periódico tuyo en el 81.

Ovidio estrecha la mano que le ofrece el joven. Es un apretón cordial, mientras ambos se miran con un extraño brillo en los ojos, con una extraña emoción en los corazones. La vida mueve sus piezas en un lento movimiento, circular, eterno. Y da jaque mate.

Cuando ambos se separan y giran los talones, no se dirigen palabra alguna. Entre corredores, no hace falta decirse más.

 







 



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