Cuerpo y alma
César. 22:20 de la noche.
César se sentía eufórico. Aquél iba a ser el vigésimo tercer
año corriendo los toros en los Sanfermines. Su padre le había enseñado que
ponerse delante de un animal tan noble requería respeto, temple y valor. Quizá
por eso cenó enseguida y se metió en la cama. Jamás había tenido ningún
percance, ni siquiera una caída. Era un profesional y así lo demostraba durante
el año. Se entrenaba a conciencia y hacía unos cuantos kilómetros cada día con
tal de mantener la forma física.
Correr delante de los astados suponía jugarse la vida y él no
estaba dispuesto a perder la suya. Aún tenía fresca en la retina las dos
ocasiones en las que estuvo al borde del peligro. Recordó cómo un toro de la
ganadería X le seguía con los cuernos pegados a escasos cuarenta centímetros de
su espalda. Evocó la subida de adrenalina experimentada por su cuerpo; el
corazón latiendo a mil pulsaciones por minuto, los nervios temblorosos, como los
de un enfermo de parkinson y la satisfacción de haber estado corriendo más de
cien metros con la muerte adherida a la espalda, sin que ocurriera nada. Había
pocas cosas en la vida más gratificantes que los sentimientos experimentados
durante un encierro. Y estar a un paso de la muerte significaba reencontrarse
con la vida, amar mucho más cuanto le rodeaba.
Arturo. 23:47 de la noche.
Arturo era de los que preferían ver los toros desde la barrera
y no entendía aquella extraña afición de correr delante de unas reses bravas a
lo largo de las calles valladas de Pamplona. Era incapaz de concebir cómo una
persona podía poner en peligro su integridad física por recorrer unos cuantos
metros pegada a aquellas bestias. ¿Qué se sentía? ¿Valor? ¿Angustia? ¿Emoción al
no ser atrapado por las astas? Pese a que no le gustaban los toros y las
corridas, decidió ir a San Fermín a ver el ambiente y experimentar el
sentimiento popular.
Nacho. 3:25 de la madrugada.
Para Nacho era la sexta copa. ¡Qué más da!, se dijo. Estaba de
fiesta, dentro de apenas unas cuantas horas se celebraría el encierro. Se iba a
comer a los toros. Se pondría delante de los astados como si fuera Jesulín de
Ubrique, El Cordobés o El Juli. Era la primera vez que acudía a los encierros de
San Fermín y había que vivirlos a tope, entre amigos, alcohol y fiesta. Por un
momento se sintió aturdido. En aquel estado, esto es, cuando bebía un poco y se
ponía alegre, se sentía el rey del mundo. Impaciente echó un vistazo al reloj,
deseoso de que llegaran las siete. Luego se acercó a la barra y pidió otra ronda
para él y sus amigos.
César. 6:03 de la mañana.
Se levantó feliz, sabedor de la llegada del gran día. Se puso
pantalón, camisa y zapatillas blancas. Se colocó el pañuelo rojo alrededor del
cuello e hizo unos cuantos estiramientos delante del espejo. Estiró los brazos,
las piernas y bajó a desayunar antes de ir al encierro. En las calles se
respiraba un olor a fiesta, a vidrio impregnando el suelo y a humeante café
procedente de los bares.
Era un gran día y lo sería durante toda la semana. Tras tomar
el café compró el periódico del día y lo enrollo, igual que si fuera un tubo.
Fue andando un trecho hasta alcanzar una de las calles principales. Pensaba
hacer aquel tramo junto a las reses, sintiendo el calor de otros corredores,
escuchando el repiqueteo de los pasos y notando el aliento de las bestias.
La magia del encierro estribaba en saber disfrutar del
momento; en vibrar con el jaleo de la gente, en embriagarse con la valentía de
las reses, en sentir que aquel instante podía ser el último, en acompañar a
aquellos astados hasta la plaza, donde vivirían su última función en el
escenario de la vida, en la corrida de la tarde. Había quien demostraba su valor
con la capa y la espada, y quien como él, prefería competir de igual a igual,
sin tapujos, con aquel bello ser blanco o de azabache. Él era un loco como
tantos muchos aquella misma mañana.
Nacho. 6:47 de la mañana.
Tenía una moña de campeonato. Aun así, el redbull y los cafés
hicieron que se sintiera un poco mejor. El mundo le daba vueltas como una
extraña noria de feria. A su alrededor vio a infinidad de hombres y mujeres
vestidos de blanco. El momento cumbre de las fiestas se acercaba. Por un
instante notó su visión borrosa, como cuando un miope se desprende de las gafas.
Observó su atuendo blanco, impreso de lámparas de alcohol. Sus
vestimentas olían a humo. Trató de recordar cuántas copas había ingerido. En
seguida, sintió unos retortijones en la tripa. Era como si tuviera dentro de sí
un enjambre de puntas. Se fue a una esquina y se puso a vomitar. Echó hasta las
vísceras. Después regresó junto a su grupo de amigos para correr el encierro. Al
parecer, estaban listos.
Arturo. 6:54 de la mañana.
Logró hacerse un hueco entre la multitud de gente encaramada a
las vallas. Algunos valientes ya habían cogido sitio para esperar a los astados.
Jaleaban a San Fermín y ansiosos esperaban la inminente llegada de las bestias.
¿Cuántos serían embestidos aquella mañana? ¿Habría algún muerto? Se colocó en un
lugar privilegiado.
Muletero 6:59 de la mañana.
¿Qué hora era? Muletero estaba confuso, como si se hubiera
fumado un porro. Se sentía narcotizado. Cierto temor vistió su mirada. ¿Dónde
estaba? ¿Y por qué lo habían sacado de la finca de reses bravas? Se sacudió el
hocico y se deshizo de las moscas con el rabo. ¿Qué había detrás de aquella
puerta de madera? ¿Qué futuro le esperaba? Casi por inercia sintió un pitón
incrustado en su lomo. Se dio la vuelta y vio a cinco toros y unos cuantos
cabestros. El ruido de un petardo hizo que se asustara.
Arriba, subido a la madera distinguió a un hombre, con gorra y
mono azul, abrir la puerta. Casi por inercia, se puso a correr calle arriba. A
lo lejos distinguió a una manada de gente esperando su llegada. Algunos llevaban
palos e iban vestidos con pulcros trajes blancos. Se fijó en que a los lados
había vallas. Quizá era para que no se escaparan. El ruido de la gente hizo que
se envalentonara. Si querían guerra la iban a tener y buena.
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Muletero enfiló el primer tramo del recorrido junto al resto
de la manada. Los mozos daban largas zancadas por las calles. El toro empezó a
divisar la proximidad de la gente. Algunos daban alaridos. Pronto comenzaron los
tumultos. Los corredores tropezaban y caían al suelo como fichas de dominó. A
veces, incluso, se chocaban entre ellos mismos. Muletero aumentó el trote y
rápidamente se separó del resto. Ante sí, divisó una marea humana deslizándose
por las calles a toda prisa. Cientos de cabezas se movían poseídas por la
incertidumbre y el miedo.
César cogió su papel de periódico, se aproximó al primero de
los toros y lo jaleó para que viniera hacia él. El animal pareció hacerle caso.
Durante un breve instante estudió a su contrincante y se lanzó hacia él poseído
por el odio. César empezó a correr. A escasos cinco metros, tras de sí venía la
bestia.
El corredor tragó saliva y aumentó el ritmo de su zancada como
si fuera un atleta de cien metros. Las pezuñas del astado resonaban en el suelo.
La res se le acercaba poco a poco. César era incapaz de girar la cabeza. De
hacerlo quizá Muletero lo arrollaría. Notó su pulso acelerado. La garganta seca.
Los ojos fijos en lo que quedaba de calle. A su alrededor divisó a otros
corredores. Algunos esperaban ya al resto de la manada. Aquella experiencia
valía con creces la pena.
Nacho se aproximó a la res. Se sentía capaz de todo. Pese a
haber vomitado, el alcohol seguía fluyendo por sus venas. Varios mozos corrían a
modo de posesos delante del animal. Ni corto, ni perezoso, el joven se acercó a
Muletero. Podía con él. O eso, al menos, le decía su cabeza. Un buen corredor
respetaba la línea recta y no se cruzaba a otros compañeros, a menos que fuera
imprescindible. Pero eso no lo sabía Nacho en aquellos momentos. Con todo, el
joven no calculó bien la distancia y se tropezó, yéndose a estampar contra
César, quien venía a medio metro del toro. Los dos se fueron al suelo. Muletero
se detuvo. Vio a los dos mozos tendidos y sin piedad fue a por ellos.
César apreció el asta incrustada en su abdomen
como si fuera un cuchillo. Sintió dolor al notar un desgarro de unos cuantos
centímetros. Su primer gesto reflejo fue llevarse las manos a la cabeza. Trató
de protegerse el cráneo. Muletero lo volvió a cornear. Lo levantó por los aires
igual que un saco de paja. Después fue a por Nacho, quien horrorizado esperaba
en una esquina el desenlace final. Muletero le infringió dos revolcones. Le
agarró por la camisa y le tiró unos metros. Después la res se marchó directa a
la plaza de toros.
Desde su posición Arturo vio el suceso. Todavía desconocía por
qué aquel tipo que se tambaleaba como un borracho podía saltar, así sin más, al
encierro, poniendo la vida de otra gente y la suya en peligro. Si aquel fulano
no se hubiera cruzado al primer corredor, nada de esto hubiera sucedido.
El resto de la manada arrolló a César, quien
permanecía inconsciente en el suelo. Pese a su preparación y al mimo con que se
entrenaba antes de cada encierro, no había podido evitar que un irresponsable se
cruzara irremisiblemente en su camino.
Al cabo de unos minutos llegaron las asistencias. Arturo se
fijó en el mal estado del herido. La sangre manaba de una arteria y salpicaba el
suelo. Su cabeza parecía estar deformada a causa de los pisotones provocados por
las pezuñas de los toros. Y en cambio, el tipo que provocó el estropicio estaba
unos metros más allá un poco magullado y con varias heridas superficiales.
Nacho se alejó tambaleándose sin saber siquiera lo que le
había pasado.
El corredor murió dos horas más tarde y Arturo
cada vez que ve un encierro se pregunta cómo pueden existir personas tan
irresponsables que se pasan toda la noche bebiendo como posesos a la espera del
encierro. Si uno corre delante de un toro debe hacerlo con la mente, el cuerpo y
el alma serenos.
© Copyright Carlos Rasines Osa 2006
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