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Todos
los años, aproximadamente en Mayo, comienzan a circular los rumores sobre
las ganaderías que en el mes de Julio acudirán a Pamplona. De este modo,
con las primeras noticias, se inician las conversaciones, los pronósticos,
los ajustes de calendario, la búsqueda de alojamiento y la sincronización
con los amigos para no faltar a la cita ineludible.
Después, solo una vez conocidas las
ganaderías, se pregunta por los toreros. De hecho es uno de los pocas
ferias taurinas donde el protagonista principal es el toro. En otras
ferias y localidades muy importantes es al revés: se va a la plaza a ver a
las figuras.
La
situación comentada no es una casualidad. De hecho, llamar a la Feria de
Pamplona la Feria del Toro es la mejor manera de describirla. Y esto es
así porque en Pamplona el toro no es solo un elemento imprescindible
(obviamente!) en toda fiesta taurina. En la capital navarra el toro se
realza y transforma en otra cosa, en mito, en “el dios toro”. Así es.
Corriendo por la cuesta, por la calle, agrupado con sus hermanos en un
territorio que hace suyo, deja de ser un animal bonito exhibido en un
terreno acotado, para convertirse en un animal poderoso, fuerte,
imponente, que provoca una reacción instintiva de miedo en el hombre, una
reacción lógica de autodefensa, de huida, que le lleva a evitar la pelea
que sabe acabará en segura derrota.
Lo
lógico, lo razonable, sería contemplar desde un lugar seguro cómo los
toros se desplazan por la ciudad hasta llegar a la plaza de toros. Pero
aquí surge lo incomprensible: una multitud de personas decide acompañar al
toro, llegar a su lado, ponerse delante y así, en una mezcla de lo festivo
con la posibilidad de lo trágico, jugarse la vida en lo que es una
exhibición incontestable de valor personal, concebido éste como superación
de un miedo más que justificado.
Desde
un punto de vista racional no hay argumento posible que explique esta
actitud. Son muchos los grandes corredores que preguntados por la razón
que les lleva a arriesgar su vida delante de un toro bravo no saben
explicar cual es el motivo que a ello les empuja.
Pero
hemos dicho desde un punto de vista racional. Y es que, en mi opinión, es
otro el enfoque correcto: el ámbito de las sensaciones, incluso de los
sentimientos. Efectivamente, el toro, convertido en el dios-toro simboliza
la fuerza, el poder. De esta manera, el hombre que demuestra el valor
necesario para enfrentarse a la bestia es reconocido por los demás como
alguien valeroso, como un héroe, como alguien que “vale mas”.
En la actualidad, el buen gusto y la modestia
impiden que los corredores reconozcan sentir esa sensación. Hablan de
satisfacción personal o de parecidos conceptos. Sólo uno de los muchos con
los que he charlado me reconoció que después de una larga carrera en la
cara del toro se sentía “un peldaño por encima de todos los mortales”.
Pero en general, nadie quiere aparecer como un presumido o lo que hoy
sería peor, vinculado a valores reputados como machistas y ya superados.
Por tanto, todo se reorienta hacia una dimensión mas personal e
individual, dejando de lado la vertiente social que indudablemente el
encierro tiene.
Pero el público, ya lo hemos dicho, es parte
esencial del encierro, porque es quien otorga o niega el reconocimiento a
los que han decidido tomar parte en el mismo. De hecho, los espectadores
son los grandes receptores de las mil sensaciones que despierta la
carrera: miedo, terror al prever una inminente cogida, alivio al comprobar
que no ha pasado nada, admiración, etc.
Sin embargo no debemos confundirnos. El
encierro no es sólo una cuestión de valor. No, de ninguna manera. El valor
es un elemento esencial, pero además debe estar presente el respeto al
toro. En efecto, si eliminamos el respeto al toro lo que se habrá
producido es un deporte de riesgo, es decir, una actividad que, sin otra
retribución que la satisfacción personal, acarrea un elevadísimo
porcentaje de posibilidades de sufrir un accidente. Pero el respeto al
toro proporciona a la carrera un sentido mucho más profundo. ¿Conoce el
lector algún deporte de riesgo en el que el hombre se enfrente a un
semidiós?
Precisamente porque está presente el respeto al animal, el aficionado no
disfruta en absoluto con las cogidas. De igual manera que nadie (eso
espero) acude a una plaza de toros con la ilusión de ver una cogida, sino
de disfrutar con una media verónica o con una tanda de naturales, el
aficionado retiene en el cerebro la vertiginosa carrera que,
paradójicamente, cuando es bella nos parece que transcurre a cámara lenta.
La posibilidad cierta de que se produzca una cogida dota al encierro de su
grandeza, pero la consumación de aquella es el fracaso del hombre ante la
bestia. Y queremos ver su triunfo.
Por
último, junto al valor y al respeto al toro no debe faltar la pericia
necesaria para sortear los obstáculos añadidos por la masiva participación
de corredores. La coordinación física y la rapidez mental deben ser
máximas. Hoy se va imponiendo un concepto de corredor que se prepara
durante todo el año, que descansa y que tiene perfecta información sobre
el recorrido y sobre el previsible comportamiento de la manada. No
obstante, aún quedan corredores resultado de un arranque espontáneo
después de una larga noche de fiesta. Afortunadamente, son los menos.
Muchos me dirán que todo lo anteriormente
escrito es aplicable a numerosas localidades españolas que también
realizan encierros. Es cierto. Pero Pamplona, gracias a los medios de
comunicación, nos permite tener una referencia común. Hoy en día, los
corredores mas conocidos de las diversas partes de la geografía no faltan
a la cita sanferminera. Y cuando los aficionados de Cádiz, Salamanca,
Cantabria, etc. nos encontramos, siempre podemos comentar la velocidad de
los Cebada o la rapidez de los Bañuelos.
Además, el recorrido, los balcones teñidos
de rojo y verde, la primera luz de la mañana... todo proporciona un
ambiente inigualable. Después el almuerzo, los buenos ratos... siempre los
amigos.
Y sin embargo no falta quien, adoptando
cierto aire de superioridad, exclama “esto es una barbaridad”.
Que pena! No entienden nada!
Carlos Ruiz-Ocejo
Calvo
Presidente de
la A. C. La Encerrona de Ampuero
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