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SORTEO DE LA A.C "LA ENCERRONA" CELEBRADO EL 15/10/2007

NÚMERO PREMIADO: 012


 

 

 

 



 

Pamplona desde el callejón

 

Todos los años, aproximadamente en Mayo, comienzan a circular los rumores sobre las ganaderías que en el mes de Julio acudirán a Pamplona. De este modo, con las primeras noticias, se inician las conversaciones, los pronósticos, los ajustes de calendario, la búsqueda de alojamiento y la sincronización con los amigos para no faltar a la cita ineludible.

Después, solo una vez conocidas las ganaderías, se pregunta por los toreros. De hecho es uno de los pocas ferias taurinas donde el protagonista principal es el toro. En otras ferias y localidades muy importantes es al revés: se va a la plaza a ver a las figuras.

La situación comentada no es una casualidad. De hecho, llamar a la Feria de Pamplona la Feria del Toro es la mejor manera de describirla. Y esto es así porque en Pamplona el toro no es solo un elemento imprescindible (obviamente!) en toda fiesta taurina. En la capital navarra el toro se realza y transforma en otra cosa, en mito, en “el dios toro”. Así es. Corriendo por la cuesta, por la calle, agrupado con sus hermanos en un territorio que hace suyo, deja de ser un animal bonito exhibido en un terreno acotado, para convertirse en un animal poderoso, fuerte, imponente, que provoca una reacción instintiva de miedo en el hombre, una reacción lógica de autodefensa, de huida, que le lleva a evitar la pelea que sabe acabará en segura derrota.

Lo lógico, lo razonable, sería contemplar desde un lugar seguro cómo los toros se desplazan por la ciudad hasta llegar a la plaza de toros. Pero aquí surge lo incomprensible: una multitud de personas decide acompañar al toro, llegar a su lado, ponerse delante y así, en una mezcla de lo festivo con la posibilidad de lo trágico, jugarse la vida en lo que es una exhibición incontestable de valor personal, concebido éste como superación de un miedo más que justificado.

Desde un punto de vista racional no hay argumento posible que explique esta actitud. Son muchos los grandes corredores que preguntados por la razón que les lleva a arriesgar su vida delante de un toro bravo no saben explicar cual es el motivo que a ello les empuja.

Pero hemos dicho desde un punto de vista racional. Y es que, en mi opinión, es otro el enfoque correcto: el ámbito de las sensaciones, incluso de los sentimientos. Efectivamente, el toro, convertido en el dios-toro simboliza la fuerza, el poder. De esta manera, el hombre que demuestra el valor necesario para enfrentarse a la bestia es reconocido por los demás como alguien valeroso, como un héroe, como alguien que “vale mas”.

En la actualidad, el buen gusto y la modestia impiden que los corredores reconozcan sentir esa sensación. Hablan de satisfacción personal o de parecidos conceptos. Sólo uno de los muchos con los que he charlado me reconoció que después de una larga carrera en la cara del toro se sentía “un peldaño por encima de todos los mortales”. Pero en general, nadie quiere aparecer como un presumido o lo que hoy sería peor, vinculado a valores reputados como machistas y ya superados. Por tanto, todo se reorienta hacia una dimensión mas personal e individual, dejando de lado la vertiente social que indudablemente el encierro tiene.

Pero el público, ya lo hemos dicho, es parte esencial del encierro, porque es quien otorga o niega el reconocimiento a los que han decidido tomar parte en el mismo. De hecho, los espectadores son los grandes receptores de las mil sensaciones que despierta la carrera: miedo, terror al prever una inminente cogida, alivio al comprobar que no ha pasado nada, admiración, etc.

Sin embargo no debemos confundirnos. El encierro no es sólo una cuestión de valor. No, de ninguna manera. El valor es un elemento esencial, pero además debe estar presente el respeto al toro. En efecto,  si eliminamos el respeto al toro lo que se habrá producido es un deporte de riesgo, es decir, una actividad que, sin otra retribución que la satisfacción personal, acarrea un elevadísimo porcentaje de posibilidades de sufrir un accidente. Pero el respeto al toro proporciona a la carrera un sentido mucho más profundo. ¿Conoce el lector algún deporte de riesgo en el que el hombre se enfrente a un semidiós?

Precisamente porque está presente el respeto al animal, el aficionado no disfruta en absoluto con las cogidas. De igual manera que nadie (eso espero) acude a una plaza de toros con la ilusión de ver una cogida, sino de disfrutar con una media verónica o con una tanda de naturales, el aficionado retiene en el cerebro la vertiginosa carrera que, paradójicamente, cuando es bella nos parece que transcurre a cámara lenta. La posibilidad cierta de que se produzca una cogida dota al encierro de su grandeza, pero la consumación de aquella es el fracaso del hombre ante la bestia. Y queremos ver su triunfo.

Por último, junto al valor y al respeto al toro no debe faltar la pericia necesaria para sortear los obstáculos añadidos por la masiva participación de corredores. La coordinación física y la rapidez mental deben ser máximas. Hoy se va imponiendo un concepto de corredor que se prepara durante todo el año, que descansa y que tiene perfecta información sobre el recorrido y sobre el previsible comportamiento de la manada. No obstante, aún quedan corredores resultado de un arranque espontáneo después de una larga noche de fiesta. Afortunadamente, son los menos.

Muchos me dirán que todo lo anteriormente escrito es aplicable a numerosas localidades españolas que también realizan encierros. Es cierto. Pero Pamplona, gracias a los medios de comunicación, nos permite tener una referencia común. Hoy en día, los corredores mas conocidos de las diversas partes de la geografía no faltan a la cita sanferminera. Y cuando los aficionados de Cádiz, Salamanca, Cantabria, etc. nos encontramos, siempre podemos comentar la velocidad de los Cebada o la rapidez de los Bañuelos.

Además, el recorrido, los balcones teñidos de rojo y verde, la primera luz de la mañana... todo proporciona un ambiente inigualable. Después el almuerzo, los buenos ratos... siempre los amigos.

Y sin embargo no falta quien, adoptando cierto aire de superioridad, exclama “esto es una barbaridad”.

Que pena! No entienden nada!

 

Carlos Ruiz-Ocejo Calvo

Presidente de la A. C. La Encerrona de Ampuero

 

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